D. Enrique Benítez Palma (Málaga, 1968)
Enrique es economista, colaborador honorario del Área de Derecho Público y Económico de la Universidad de Córdoba y miembro del Observatorio del Sector Público y la Inteligencia Artificial (OSPIA). Ha formado parte del comité de expertos del Ministerio de Juventud e Infancia, para la elaboración de la Ley de Protección de los Menores en el Entorno Digital y miembro del equipo asesor científico del estudio INFANCIA, ADOLESCENCIA Y BIENESTAR DIGITAL, liderado por UNICEF y el Ministerio de Transformación Digital. Recientemente se ha incorporado también al Comité de Expertos de la Fundación Atresmedia para la promoción de un uso seguro y saludable de la tecnología en la infancia y la adolescencia y seleccionado como académico de referencia en el proyecto internacional Childhood and AI Lab, encargado del análisis del posible impacto de la IA generativa en los menores.
¿Qué ha pasado con la tecnología? ¿realmente cuál es el problema que tenemos y cuál es la magnitud?
Lo primero, nos referimos a la tecnología de gran consumo, la tecnología que la sociedad consume, utiliza y cambia su vida, la que forma parte de la vida cotidiana de las personas, la que llega al ciudadano medio y acaba cambiando su vida, como lo hizo el automóvil, como lo hizo la televisión, la radio o la imprenta. Con esa tecnología de uso cotidiano ha pasado que, desde el momento en que irrumpe, hasta que es adoptada por una parte importante o masiva de la sociedad, cada vez pasa menos tiempo. Los teléfonos móviles, las redes sociales, la IA generativa, ha pasado realmente muy poco tiempo. Hay gráficos que nos dicen cuánto tiempo tarda una empresa en conseguir su primer millón de usuarios. Pues de repente, esos gráficos se han acelerado y ya no hablamos de que se consigue un millón de usuarios en muy poco tiempo, sino que se consiguen mil millones de usuarios en muy poco tiempo y eso, evidentemente, cambia por completo la sociedad. Al acelerarse ese proceso no hay tiempo para reflexionar, para que la sociedad pueda asimilar los cambios que produce en la propia dinámica social. Y eso es lo que está pasando. Hay cambios tecnológicos muy potentes, que están sucediendo muy rápido en el tiempo y todo eso afecta a nuestra forma de relacionarnos, a nuestra forma de ver el mundo, a la comunicación… en muy poco tiempo, sin que la sociedad y las personas tengamos tiempo de reflexionar sobre el impacto real y profundo que tiene todo esto. Esa es la gran diferencia con el respecto a anteriores oleadas de cambios tecnológicos.
¿Y los menores? ¿qué pasa con los menores?
Otro de los grandes cambios que se ha producido es que muchas de las empresas que están detrás de todo este acelerado cambio tecnológico en todo momento han visto los menores como clientes, no como un sector de la población que precisamente, por su edad y por estar en una fase de formación (de su cuerpo, de su personalidad y de su forma de pensar y convivir), necesita de una protección especial y un uso más gradual de la tecnología, con unos procesos de transición o adaptación más lentos. En el caso tanto de las redes sociales como ahora de la IA generativa, hay un modelo de negocio que consiente sobre todo en que las personas pasemos el mayor tiempo posible consumiendo. Pero este modelo de negocio no es nuevo. Esto ya lo inventó la televisión y lo inventó la radio. La radio tiene un ritmo muy acelerado, no puede decaer el ritmo porque el momento en el que decae el oyente se aburre y se va, apaga, desconecta y deja de escuchar una emisora o un programa. En el caso de la televisión, hubo un momento en el que la financiación era a través de la publicidad y todos recordamos esa frase de los presentadores “no se vayan, continuamos después de la publicidad”, porque era muy importante mantener un enganche con el espectador y evitar que una pausa publicitaria o una bajada de ritmo en la emisión de un programa desenganchara a los espectadores. Ahora la competencia es mucho más feroz y es muy importante que una empresa de comunicación, que vive de la publicidad, no deje que se desenganchen sus espectadores, porque si no se van a la competencia y probablemente no vuelvan. Hasta ahora eso se hacía con ritmo, con nuevos formatos. No se hacía utilizando nuestra propia información para mantenernos enganchados. Se hacía utilizando recursos vinculados al talento, a la capacidad para hacerte reír o hacerte llorar, de emocionarte. Ahora, con las redes sociales “saben de nosotros más que nosotros mismos”. Voluntariamente nos hemos encargado de alimentar la información que tienen las redes de nosotros.
Hablemos de las redes sociales…
Las redes nacieron como una herramienta de conexión. El origen de Facebook era poner de contacto a estudiantes que estaban en un mismo campus universitario. Facebook se inspiró en los libros de antiguos alumnos de los institutos y universidades estadounidenses. Cuando una promoción terminaba y la movilidad geográfica es tan grande, se editaba un libro y la gente se llevaba ese libro y luego, de vez en cuando, lo recordaba. Se hacían reuniones de aniversario para que los antiguos estudiantes volvieran a reunirse, porque mucha gente que había vivido en un pueblo, de repente vivían en estados diferentes, incluso en países diferentes. Incluso se recuperaban historias de amor de la etapa del instituto.
Entonces Facebook, traducción literal de “libro de caras”, permitía retomar ese contacto y, yendo más allá, hace que puedas conocer al resto de gente que está en tu mismo campus universitario, sobre todo para ligar, para socializar… y con 18 o 20 años, cuando llegas a la universidad. Ese fue el origen de Facebook. Al final se convirtió en la gran red social por excelencia. ¿Qué pasó con Facebook? Pues que desbordó el ámbito de los campus universitarios para convertirse en una red social, en la primera gran red social. Y esa red social la alimentábamos nosotros mismos con nuestras fotos, con nuestros intereses, con nuestros likes, con nuestros me gusta.
Nosotros transmitíamos información a esa red social y esa red social con esa información descubrió que podía hacer un perfilado de nuestros intereses individuales. La red social funciona como un periódico de doble de doble cara. Por un lado, compra los lectores y por otro vende publicidad a los anunciantes, una publicidad mucho más segmentada, ya que conoce muy bien a los lectores… una red social, insisto, a la que hemos alimentado nosotros mismos voluntariamente y de manera inconsciente, con nuestros gustos, nuestras aficiones, nuestros intereses. Eso le permite colocar una publicidad segmentada y de manera muy barata, haciendo que sea accesible para cualquier PYME. Antes era algo caro o poco efectivo, pero de repente Facebook y otras redes permiten a millones de empresas llegar a la vida de la gente que le interesa. Especialmente a los jóvenes, porque los jóvenes suelen abrazar con entusiasmo todo lo nuevo y, sobre todo porque los jóvenes del siglo XXI tienen una capacidad económica y de consumo muy grande, muy superior a la que teníamos las generaciones anteriores, lo cual multiplica las opciones de conseguir ingresos a partir de un segmento de la población tan grande. Y todo ello lo aceptamos de manera inconsciente, insisto, sin haber leído las condiciones de servicio de estas redes sociales, primero porque no entendemos lo que nos dicen y segundo porque son condiciones de servicio muy largas y que están redactadas para que la gente no las lea y no las entienda. Todos hemos aceptado un trato desigual que beneficia casi exclusivamente a la red social a cambio de nuestra privacidad.
¿Qué firmamos realmente? ¿qué aceptamos cuando nosotros nos registramos, nos adherimos gratuitamente a una red social?
Pues de manera muy resumida, lo que estamos firmando es que pueden hacer con nuestros datos lo que ellos quieran. Es decir, que los datos no solo sirven para vender publicidad, sino que todos esos datos se los pueden vender a terceros para cualquier tipo de uso, a empresas comerciales, a partidos políticos…. En el caso del Brexit, por ejemplo, que fue un referéndum muy polémico y muy traumático tanto para Europa como para el Reino Unido, está demostrado que Facebook, a través de una empresa que se llama Cambridge Analytics, utilizando la información que ya tenía de sus usuarios en el Reino Unido, propició una
Campaña de comunicación a favor del Brexit, que resultó decisiva; una opción a la que se oponía una parte importante de la población inglesa, pero con campañas que crearon miedo, inseguridad, que alentaron en muchos casos los peores sentimientos de la sociedad con respecto a la competencia desleal o a la inmigración. Entonces, ya no solo estamos hablando de vender publicidad, sino que estamos hablando también de la capacidad que tiene una red social de lanzar el mensaje que cada persona quiere oír. Y eso también forma parte de una estrategia de enganchar a la gente.
La presencia en las redes sociales se hace a edades cada vez más tempranas y con mayor frecuencia y mayor intensidad, con lo cual el riesgo es mayor. Tú que tienes una visión 360 del problema, ¿cuáles son los grandes elementos de preocupación actual?
Los menores son personas que están en formación, que requieren de una guía y de una orientación por parte de sus familias y de un buen sistema educativo, para no lleguen a comportarse en contra de sus propios intereses. Tanto la familia como el sistema educativo debe servir para interiorizar límites. Buscar un equilibrio entre lo que me gusta y la responsabilidad forma parte de la educación. Pero las redes sociales están diseñadas para desbordar esos límites, para que las personas pasen el mayor tiempo posible conectadas, porque ese es su modelo de negocio, porque eso colocarte más publicidad y saber mucho más de ti. Cuanto más tiempo pases en una red social, mayor va a ser su impacto y su facturación va a ser mayor. Las redes sociales están combatiendo todo el sistema de límites que se debe enseñar a los menores en su proceso de formación y de conversión en una persona adulta. Tienen muy bien estudiado que es lo que atrae a los menores, de manera que se lo ofrecen como si fueran golosinas, a través de vídeos muy cortos.
Es tan atractivo que no quieren salir de ahí. Estar permanentemente conectados se convierte en una necesidad. Eso permite un volumen de negocio muy importante, porque a lo mejor las personas adultas preferimos tomar una cerveza con nuestros amigos, mientras que nuestros hijos prefieren estar chateando con un montón de gente, encerrados en su habitación.
¿Es un fenómeno mucho más transversal, más holístico del que pudiéramos pensar?
Correlación no es causalidad, pero sí es verdad que en los últimos años pues se ha detectado una menor capacidad de atención continuada, no solo de los jóvenes, también de los adultos. A nosotros también nos está afectando. Hay un menor interés por el estudio, una mayor necesidad de inmediatez, una pérdida de paciencia. Es todo tan rápido que te acostumbras a que la respuesta que esperas cuando actúas con otra persona sea igualmente rápida. Y esto no ocurre así, los ritmos vitales son diferentes. Ese síndrome del FOMO, el Fear of Missing Out, el miedo a perderse algo, a no estar a la última, no haber participado en la última conversación. Los que vivimos rodeados de jóvenes sabemos que a veces no es tanto el enganche a una red social como la llegada de notificaciones permanentes, de grupos de WhatsApp o de chat, de alguna aplicación… Si alguien manda un mensaje, de repente todo el mundo quiere estar conectado, porque no quiere estar al margen, porque quieren estar a la vez en todas partes. Y esto tiene consecuencias sobre el sobre la forma de relacionarse con el mundo, la forma acelerada de relacionarnos en el mundo digital, sobre todo parte de los jóvenes.
Y todo esto está trayendo problemas de estudio, problemas de concentración y en algunos casos problemas de salud mental o de acoso escolar. Y ahí entramos de lleno en el uso erróneo o equivocado de unas herramientas que, bien utilizadas, podrían estar bien.
A muchos jóvenes pues le han venido bien, porque socializan más, porque están al tanto de
determinada información. Debemos identificar claramente qué es lo malo de las redes
sociales, pero deberíamos ser capaces de identificar también qué parte hay de bueno en las
redes sociales. El uso problemático, clínicamente hablando, quizás no sea tan alto, pero sí es
verdad que las redes están modificando los compartimentos sociales y sobre eso sí que
tenemos que reflexionar con más profundidad.
¿La sociedad ha tardado demasiado en reaccionar?
Sí, pero es que ha sido todo tan rápido que no hemos no hemos tenido tiempo de reflexionar y además hay una estrategia empresarial detrás. En el caso de las redes sociales y las herramientas tecnológicas, una de sus grandes bazas es la entrada muy rápida en la vida de las personas, facilitando las cosas. Te facilitan las cosas, te hacen la vida más cómoda…Es una estrategia de entrada que permite ampliar el mercado para todas las empresas. Poner todo fácil y al alcance de tu mano… y en eso hemos caído todos. Primero los adultos y luego los niños. ¿Qué ha pasado con las redes sociales y con los móviles? A muchos adultos les ha resuelto un problema: pasar tiempo con tus propios hijos. A veces no tienes tiempo y la tecnología, los móviles, las redes sociales, los videojuegos… te resuelven el problema.
En ese sentido, ha habido una cierta pasividad por parte de las familias, pues es más cómodo, y hay que hablar así de crudamente, más cómodo que los adultos estemos mirando Netflix tranquilamente en el salón, cuando llegan a las 10 de la noche y tenemos ganas de descansar, mientras que nuestros hijos están con los móviles en la habitación.
¿Y las administraciones públicas no han sido un poco pasivas?
Las administraciones públicas estaban pendientes de digitalizarse y en otra guerra, una guerra que todavía no han resuelto, porque sigue siendo tedioso a veces comprar un billete de Renfe o hacer cualquier trámite con tu propio ayuntamiento o con Hacienda. A la administración la digitalización le pilló con el pie cambiado. Intentó hacer una reflexión interna, sobre cómo empezar a relacionarse digitalmente con la ciudadanía, pero no fue capaz de ir más allá y reflexionar sobre los cambios sociales que están detrás del uso masivo de las tecnologías móviles y de las redes sociales. En 1986 un ensayista francés llamado Jacques Attali, que fue asesor de Miterrand, hablaba de los objetos nómadas, que eran los ordenadores portátiles, y auguraba que es nomadismo iba a permitir es que todo el mundo pudiera moverse constantemente de un sitio a otro, sin necesidad de estar atado a una biblioteca, a una oficina, a un centro de trabajo, etc. y que ello traería consigo cambios sociales muy importantes. Nadie fue capaz de ver las consecuencias que iba a tener ese cambio social. En ese sentido, hasta los videojuegos podemos decir que cambian la forma de pensar de los chavales. Pensamos que nuestros hijos están jugando al FIFA y no es solo un juego de fútbol. El FIFA es un juego de la gestión de un equipo de fútbol, donde los jugadores cambian de valor, en función del partido que han hecho el fin de semana. Y un juego tan aparentemente inocuo como es el FIFA, hace pensar a los niños en la revalorización de los jugadores, en que este jugador vale más o vale menos. Siguen con mucha más atención la jornada de fútbol y se abre incluso una puerta a las apuestas deportivas, que sabes que se están haciendo un esfuerzo importante por captar a la población más joven. Falta mucha investigación, especialmente sobre juegos digitales aparentemente inocuos. Todo esto no lo hemos visto venir y acaba provocando cambios sociales de un calado que no somos conscientes.
Protección de los menores en el entorno digital ¿faltan normas, falta regulación o falta que se cumplan las normas que hay?
Yo creo que faltan muchas cosas. La regulación quizás a veces tiene que ser el último recurso.
En primer lugar, falta un verdadero conocimiento por parte de la familia de las consecuencias que tiene que los menores pasen tanto tiempo con sus móviles. Millones de familias han visto los móviles como un juguete que entretiene a los niños, pero el móvil no es un balón de fútbol, es otra cosa. Un móvil es una puerta abierta al mundo 24 x7, a un mundo luminoso, pero también a un mundo oscuro, al mundo de los menores, pero también al de los adultos, al mundo de la paz y al de la violencia. Y no ha habido conciencia de todo esto. Lo que se ha visto es que es una herramienta que entretiene a los hijos y cada vez estamos todos más cansados, tenemos más cosas que hacer, el ritmo de la vida se ha acelerado, pasamos más tiempo en tránsito y cada vez hay más tráfico. El móvil no es un juguete, es una herramienta que interactúa con nuestros hijos, que aprende cosas de nuestros hijos para seguir interactuando con ellos y, en algunos casos, convertirlos en sujetos de publicidad, una publicidad que más potente que nunca. Entonces, en primer lugar, tiene que haber mucha más conciencia por parte de la familia de lo que supone regalar un móvil a los hijos. Hay un dato optimista: se está empezando a retardar la llegada del móvil a la vida de niñas, niños y adolescentes. Están proliferando los Pactos de Familias, tanto para retrasar esa llegada, como para alcanzar un uso más equilibrado, muchas menos horas. Y esos es importante, porque las empresas reacción tanto a la regulación como a la reputación. Las compañías tecnológicas no quieren aparecer nunca en prensa con este tipo de noticias porque eso alerta a las familias.
La reputación es una vía de actuación muy importante. Por eso es necesario hablar de todas estas cuestiones con los padres más concienciados y los padres menos concienciados. Es muy importante que hablemos de estas cosas para poder influir tanto en la regulación, como en la reputación, los dos grandes vectores de influencia efectiva.
Po otra parte, es necesario regular bien, no regular por regular o buscando un titular de prensa. Para regular mal, mejor que no regules. Ahora mismo está muy en boga la regulación australiana sobre la presunta prohibición del acceso a las redes sociales a los menores de 16 años, sobre la que muy poca gente ha estudiado sus posibles consecuencias paralelas. Una primera consecuencia que yo anticipé y que se está a demostrar es que hay menores que están dejando las redes sociales y se están pasando a ChatGPT, que puede ser mucho peor. No tenemos ni idea de las consecuencias que puede tener la interacción de un menor con ChatGPT y que llegue a consideran a la inteligencia artificial como un amigo, con un vínculo emocional. Cuidado con sacar a la gente de un lugar que parece inseguro, pero que hay luz, para meterlo en un lugar donde creemos que están más seguros y a lo mejor no lo están. Las regulaciones hay que hacerlas con más calma y con más reflexión. La paradoja de todo esto, es que la gente quiere respuestas inmediatas. La sociedad exige soluciones inmediatas cuando descubre un problema y la regulación nunca debe ser inmediata. Si queremos que una regulación sea buena, sea efectiva, sea participativa, tiene que haber un proceso de maduración. Tenemos que ser capaces de adaptar los plazos a la que nos ha acostumbrado el mundo digital, al mundo real.
Está la familia. Yo creo en el papel de la educación y en el papel de la familia. Aunque tampoco podemos trasladar la responsabilidad a las familias. Creo en el poder de la regulación, pero la regulación es lenta y para que la regulación sea buena tiene que tener un proceso de maduración. Otra cuestión es que hasta ahora las grandes empresas sociales han hecho lo que han querido, porque no se les ha exigido prácticamente nada. Se ha hecho toda esta expansión sin exigir ninguna responsabilidad a las grandes corporaciones. Las redes sociales tienen muchos componentes positivos. Tú y yo usamos las redes sociales y las familias del Colegio Peleteiro usa las redes sociales, yo tengo un WhatsApp con mi familia, me comunico con mi madre… las redes sociales han tenido muchos factores positivos. Hay muchos amigos con los que estoy en contacto gracias a las redes sociales. Todo eso es bueno y eso también lo tenemos que reconocer. En el caso de los menores, hay que poner unos límites, desde muchos ángulos incluida la industria. Las consecuencias negativas se han ido descubriendo con el paso del tiempo y nunca se les ha obligado a hacer prácticamente nada. Los diseños adictivos ahora sí se conocen.
¿Te refieres al Safety By Design?
Claro. Ahora ya se está empezando a exigir, pero esa es solo una de las patas, una de las incógnitas de la ecuación. Las grandes compañías han ganado mucho dinero y lo van a seguir haciendo, por hacen lobby. La respuesta tiene que ser una respuesta coordinada, por parte de los gobiernos a través de la regulación también de las familias. Hay un elemento que para mí es fundamental, que es la sociedad civil.
¿Qué deberíamos trasladarle a las familias y a la ciudadanía?
Lo primero que debemos saber es cómo hemos llegado a este punto, porque las cosas no ocurren de un día para otro. Debemos tomar conciencia de la situación en la que estamos y qué es lo que nos ha llevado hasta aquí. Ese tiene que ser el primer aprendizaje. En segundo luagr, se habla mucho de las redes sociales, en algunos casos con mensajes muy alarmistas. Hace falta una visión realmente equilibrada y objetiva de la relación de los menores con las redes sociales. Es muy importante tener una información veraz, rigurosa, objetiva y equilibrada. No ayudan las visiones militantes. Se debe informar, para que cada familia sea capaz de analizar y, a partir de ahí, tomar decisiones, pero decisiones informadas y bien informadas. Una tercera cuestión es que, si de verdad queremos afrontar el problema de los menores, tenemos que hablar necesariamente de la relación que los propios adultos mantenemos con las redes sociales y los móviles. Si queremos de verdad analizar en profundidad qué está pasando en relación con los menores, tenemos que ser capaces de pensar con honestidad sobre la relación de los adultos, porque los menores, en muchos casos, abusan de unas cosas porque sencillamente no encuentran lo que necesitan a su alrededor.


