Francisco es uno de los principales referentes en España en el ámbito de la salud mental infanto-juvenil y, en particular, en el abordaje de la conducta suicida en adolescentes. Paralelamente, a lo largo de los últimos años ha desarrollado también una intensa labor en la promoción de un uso saludable de las pantallas, intentando sensibilizar tanto al profesorado, como a las familias del serio impacto que puede tener en la salud mental y el desarrollo personal de los más jóvenes, tal y como sabiamente recoge en su libro “Cómo las pantallas devoran a nuestros hijos”.
En esta última sesión del curso 2025/2026 Francisco no sólo ha intentado reforzar el trabajo realizado desde el Colegio Manuel Peleteiro en el Plan de Bienestar Digital, sino que se ha esforzado sobre todo en motivar y empoderar a las familias, para que sigan ejerciendo su valiosa labor de acompañamiento y ejemplo en el difícil desafío que la tecnología supone en nuestros días. Más allá de las pantallas, el Dr. Villar nos invita a poner siempre la mirada en el bienestar emocional de nuestras hijas e hijos y a seguir creyendo en la Educación, en la Familia y en la Escuela, como mejor herramienta de construcción de la persona.
Nos quedamos con 7 ideas principales
- Madres y padres debemos aprender a pensar de forma crítica. No es algo que debamos pedir exclusivamente a nuestros hijos. Necesitamos reflexionar nosotros mismos sobre la información que nos llega ¿Es la tecnología todo lo buena que dice ser? ¿está demostrado el beneficio de las pantallas en la infancia? ¿o más bien todo lo contrario? ¿qué dan y qué quitan las pantallas? ¿qué diferencia hay entre escribir a mano o sobre una pantalla y un teclado…, entre hacer un cálculo mentalmente o con calculadora? ¿se trabajan las mismas competencias y procesos cognitivos?
- La tecnología no es inocua en la infancia y la adolescencia. La introducción temprana de las pantallas en la vida de un niño puede alterar su desarrollo normal, a muchos niveles: cognitivo, socio-afectivo, emocional… La evidencia científica y clínica, no deja margen a la duda. El cerebro de un niño no está preparado para soportar sin alteraciones el impacto de algo tan potente como es el uso frecuente e intensivo de las pantallas. La sociedad afortunadamente se ha ido alejando progresivamente de anteriores “buenismos”, guiadas de la mano de las sociedades médicas. Pero nos encontramos todavía en la búsqueda del equilibrio, por eso las limitaciones son necesarias y la prohibición (aunque sea coyunturalmente) pude ser un recurso.
- El mundo digital nos ha facilitado la vida en muchos sentidos, pero está modulando al ser humano de manera muy sutil, suprimiendo o alterando muchos procesos. Un buen ejemplo es la necesidad permanente de estar entretenido, que limita el pensamiento y la reflexión profunda, la introspección y la conexión con uno mismo, aspectos fundamentales para que los adolescentes puedan construirse como personas. La clave en la infancia y la adolescencia es, según los expertos, la adquisición de habilidades y competencias, el crecimiento, el proceso y no el resultado en sí mismo. El camino, el proceso, el día a día, es lo relevante.
- El juego es un buen ejemplo del peligroso cambio que la sociedad está experimentando. El juego constituye una de las mejores herramientas de aprendizaje del ser humano, pero lo hemos desvirtuado y no lo estamos sabiendo aprovechar. Sustituir el juego creativo por el voraz negocio de los videojuegos puede cercenar muchas cosas y limitar el desarrollo integral de un niño. Las pantallas y buena parte de los videojuegos se han convertido en factor de desregulación emocional, dificultando la demora de la recompensa y la gestión de las emociones. El problema de las pantallas no es tanto el problema de los contenidos a los que acceden, sino lo que dejan de hacer, como dormir, explorar la naturaleza o mirar al horizonte. El ojo de un niño, por ejemplo, ha dejado de mirar por la ventanilla y favorecer el correcto desarrollo visual, a mirar fijamente una pantalla a 30 centímetros, provocando un incremento significativo de las tasas de miopía.
- Esto no va de “culpas”, pero sí de responsabilidades que, por cierto, no son simétricas, ni equitativas. Las madres y padres no somos las culpables, ni igual de responsables que la industria, o incluso que las instituciones, pero somos y seremos siempre parte fundamental de la solución.
- Tenemos la obligación de proteger a nuestras hijas e hijos, a través de la educación y el ejemplo. Debemos proteger su salud, su tiempo, su capacidad atencional y, al mismo tiempo, enseñarles a afrontar los problemas y las dificultades de la vida. Pasamos del concepto de “resiliencia” al de “antifragilidad”. No se trata tanto de enseñares a sufrir y a aguantar, sino a adaptarse a los cambios y a afrontar la realidad. La mejor manera de protegerlos es acompañándolos, invitándoles a explorar, poniendo límites y fomentando las habilidades de vida acordes a su edad. No queremos adolescentes que se refugien en las pantallas y las redes sociales para huir de sus malestares, sino que se encuentren de frente con ellos, que aprenden a entender, aceptar y gestionar sus propias emociones.
- Debemos tomar partido y debemos también ser buenos “modelos”. Las nuevas generaciones sufren de una enfermedad llamada “soledad”. Hay que estar de verdad y evitar la llamada “ausencia en presencia”, anestesiados también los adultos por las pantallas. Debemos enseñar con menos ayuda, favoreciendo la autonomía personal, aceptando el conflicto, pero estableciendo límites y, sobre todo, si queremos un mundo mejor para nuestras hijas y nuestros hijos, debemos pensar qué protagonismo vamos a darle a las pantallas.


